Yo estoy orgullosa de que mi perro esté entero, que sienta deseos de perra, que su naturaleza de cazador le llama a pillar lo que encuentre en sus paseos, que su territorio se esparza cada vez más (aunque yo me agote); en suma, que sea perro, un perro con dos cojones.
No tiene raza, ni falta que le hace; es una mezcla, como han sido siempre los perros, y no como ahora que se comercializan en función de estatus. Ahora sólo los de raza exquisita tienen derecho a procrear, una discriminación como otra cualquiera.
Algunos se plantearán que es mejor que tenga salud ¿Salud? ¿Se llama salud a quitarle lo que más le gusta y lo más natural? ¿Se llama salud a lo que es la esencia de la vida? Más o menos como nos dicen a nosotros en riesgos laborales: come sano, haz mucho ejercicio, no tengas vicios… ¡Vaya mierda de vida que nos queda, se nos va a hacer muy larga trabajando y cuidando!
Al meollo del asunto. ¿Qué le pasa a mi perro? Simple: tiene hormonas a mansalva y no folla; así de claro. El problema de los perros es que no follan, simple y llanamente, y en lugar de que follen, como han hecho toda la “p…” vida, nos proponemos cambiar la naturaleza animal por el maldito control humano ¿Por qué? Porque ahora viven tanto y tan bien que hay más perros que niños; transmitimos a los perros nuestras leyes y yo no sé si estoy dispuesta. También son unos vendidos, los puñeteros.
Al final yo me pregunto: qué querría él. Y yo me digo ¿y si le compro un desfogador de perros?

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