jueves, 26 de marzo de 2026

COMO MOSCAS A LA MIERDA

Vivimos una época en que la “mierda” está muy cotizada en el panorama político. No es algo baladí. Se puede comprobar cada vez que unos ciudadanos alzan la voz por algo que les molesta; cada vez nos molestan más cosas, estamos muy susceptibles y el otro, cualquiera que sea, se convierte en enemigo. Y así es como, cuando alguien alza la voz, allá que van los políticos a hacer campaña a favor o en contra y, de paso, despotricar hacia el contrario sobre lo que pasa o no pasa. Se posicionan rápido, sin pensar, sin analizar porque el razonamiento, en esta época de prisas, está sobrevalorado.

Y así nos encontramos con una situación en la que los derechos de unos coartan los derechos o libertades de otros.

Pero no importa, en otra ocasión ya irán corriendo a posicionarse en el lado contrario, dependiendo del color político del ayuntamiento o distrito o bien abanderaran palabras como libertad, derechos, igualdad, palabras que hoy en día parecen estar vacías de contenido de tan manidas que las tienen.

Hay protestas de todo tipo: para que no les pongan cerca la recogida de residuos afectando a los trabajadores; protestas por los vehículos que pasan por la carretera de vecinos que compraron viviendas al lado para un acceso rápido; protestas porque la gente celebra algo y no les dejan dormir en el centro de una ciudad; protestas por una obra que se va a ejecutar, sea cual sea su fin; protestas hay como conjuntos de población.

A este paso nos vemos condicionándonos unos a otros, mientras los políticos engrasan la mierda de todos sin darnos cuenta que hemos montado una sociedad de consumo en la que lo que tú quieres tiene un precio y ese precio se llama convivencia humana que ha dado paso a la guerra individual o de grupo, como antaño hicieron nuestros antepasados cavernícolas ¡Vamos bien!

domingo, 1 de marzo de 2026

EN EL METRO, UNA BOFETADA DE SOCIEDAD

Suelo leer en el metro los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, da tiempo; pero lo mismo que te da, te lo quita porque el metro es una bofetada de sociedad. Y he llegado a la conclusión que en ese medio tengo que ser mala, pero no me sale. En el metro actual, no siempre ha sido así, vemos, por ejemplo, en una cabecera de línea, cómo el individuo humano se lanza a la caza del asiento; pero ahí no acaba la cosa, porque la lucha sigue cuando hay algunos individuos que siguen luchando e increpando a aquellos que han empujado o han llegado los últimos, pero, a codazos, han logrado su preciado botín. Nunca participo en la lucha, yo observo. La lucha no termina ahí, ya que en el trayecto entran y salen individuos que buscan su espacio; en el metro todo el mundo busca su espacio, como en la vida, y se hace con él y lo retiene. Por ejemplo, el individuo que se sitúa en la puerta, no la suelta porque así entra y sale y siempre tiene su apoyo, su espacio; o bien, los que se ubican en el marco de la puerta como apoyo.  Luego están los sentados que no se mueven hasta que les toca, ves poca amabilidad, pero alguna hay. Ahí se produce otra lucha, la del asiento vacío que puede suponer algún que otro empujón.

No quiero marear, es una lucha de espacios; pero no sé cómo, yo nunca consigo ese espacio, yo me muevo. Me enseñaron inadecuadamente a dejar pasar, a dejar espacio a los demás, y es así como entro por un lado y acabo, dando tumbos, en el otro, aunque vuelven a entrar y me mueven de nuevo. He llegado a estar desconcertada y no saber por dónde debía salir. Por eso tengo que empezar a ser mala y luchar por mi espacio, el mío; ese espacio que voy a defender. Aunque hay otra lucha, tú llevas libro, pero te enfrentas a aquellos que sacan el móvil. Y allí están ellos dominando los vagones. Siempre acabo por recoger mi libro para no molestar cuando somos muchos, pero los móviles no desaparecen y eso me molesta, pero no digo nada; sigo con mi respeto.

Sin embargo, una empieza a pensar que el metro es un reflejo de nuestra sociedad, de esa España que ya no se escucha y que defiende su espacio como si realmente fuese únicamente suyo. La sangre española que se ha peleado siempre entre sí. Un día, en ese trasiego de me quito y voy un poco más allá para dejarte sitio, me encontré con una señora a la que había visto haciendo lo mismo que yo, acabando en el mismo lugar. Ella tampoco defendía su espacio. Por alguna razón hablamos, tenía un acento europeo, de similar edad y me dije, va a ser que hay que mezclar la sangre para no asaltar en la lucha por la supervivencia del espacio, sea físico o social.