Vivimos una época en que la “mierda” está muy cotizada en el panorama político. No es algo baladí. Se puede comprobar cada vez que unos ciudadanos alzan la voz por algo que les molesta; cada vez nos molestan más cosas, estamos muy susceptibles y el otro, cualquiera que sea, se convierte en enemigo. Y así es como, cuando alguien alza la voz, allá que van los políticos a hacer campaña a favor o en contra y, de paso, despotricar hacia el contrario sobre lo que pasa o no pasa. Se posicionan rápido, sin pensar, sin analizar porque el razonamiento, en esta época de prisas, está sobrevalorado.
Y así nos encontramos con una situación en la que los
derechos de unos coartan los derechos o libertades de otros.
Pero no importa, en otra ocasión ya irán corriendo a
posicionarse en el lado contrario, dependiendo del color político del
ayuntamiento o distrito o bien abanderaran palabras como libertad, derechos,
igualdad, palabras que hoy en día parecen estar vacías de contenido de tan
manidas que las tienen.
Hay protestas de todo tipo: para que no les pongan cerca la
recogida de residuos afectando a los trabajadores; protestas por los vehículos
que pasan por la carretera de vecinos que compraron viviendas al lado para un
acceso rápido; protestas porque la gente celebra algo y no les dejan dormir en
el centro de una ciudad; protestas por una obra que se va a ejecutar, sea cual
sea su fin; protestas hay como conjuntos de población.
A este paso nos vemos condicionándonos unos a otros,
mientras los políticos engrasan la mierda de todos sin darnos cuenta que hemos
montado una sociedad de consumo en la que lo que tú quieres tiene un precio y
ese precio se llama convivencia humana que ha dado paso a la guerra individual
o de grupo, como antaño hicieron nuestros antepasados cavernícolas ¡Vamos bien!

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