Marta Elía Beuvain (mercenaria)
sábado, 24 de enero de 2026
UN DILEMA DE PRINCIPIOS
domingo, 11 de enero de 2026
TESTAMENTO VITAL ILEGAL
Este es el testamento vital de la que suscribe este blog. Si lo escribo es porque he consultado y los términos de mi testamento no son aceptados, no son legales, no son comprensibles, ni entendidos.
Quizás muchos no entiendan las razones de mi testamento,
incluso puedan llamarme nazi, fascista o cualquier otro termino al uso. La
verdad es que no me importa, teniendo en cuenta que nadie ha escuchado ni
ayudado, ni ha querido debatir, ni ha querido hacer nada.
Por eso, yo, en plenas facultades mentales, las físicas están jodidas, pero hay que seguir peleando, señalo que: si mi mente llega a un estado en el que no recuerdo a mis hijos, ni sus descendientes, en el caso de que los hubiese, si no recuerdo nada de mi vida, si no sé tener una sola frase congruente, quiero que se me aplique la eutanasia sedada.
La argumentación es muy sencilla: no quiero ser una carga, no
quiero que decidan por mí, no he nacido para eso. He estado la mitad de mi vida
cuidando dependientes con trastornos mentales y no puedo permitir que el legado
de Sísifo pase a mis hijos. No, conmigo se corta la maldición familiar. Hay que
saber decir adiós y no obligar a nadie.
Puedo decir que he tenido que decidir la vida de otras
personas, decidir qué se hace, qué medicación se pone o se quita, dónde llevar
a las personas; he tenido que desahuciar porque así lo impone la Ley de
dependencia; he tenido que decidir cosas que pesan como una losa en mi cabeza y
en mi corazón. Todas ellas han sido propiciadas porque he sido tutora de dos de forma judicial y uno más por propia voluntad (no dejo a nadie atrás). No se lo
deseo a nadie, porque pesa, porque duele, porque no sabes si haces bien o mal, son
decisiones que tienes que tomar y nunca sabes si estás acertando o no. Pero lo
haces desde la humanidad, desde el sentimiento.
He podido escuchar a los medios y a los políticos con sus
consignas “hay que cuidar al cuidador”. Pero lo hacen sin humanidad alguna, sin
experiencia alguna. Se refieren al cuidador que ellos entienden como tal. Aquel
que no convive, trabaja y se desvive, ése, ese espécimen no es cuidador y no se
merece tal nombre. A ese que se pudra, que no tenga donde apoyarse, que
reviente, que se joda y que se muera, si es preciso. Sí, eso es lo que hacen con
él las instituciones (políticas) y los medios de comunicación, silenciando o,
peor aún, llenando sus horas de testimonios de gente emocionada hablando de los
cuidados a sus familiares, duros, pero agradables.
¡Y una leche! Yo no puedo soportar ver a mi madre sin
enterarse de nada, sin sentimiento alguno. Imaginarme como un trozo de carne
sin recuerdos, sin saber quién soy, de dónde vengo, qué puedo hacer, sin saber
hablar una palabra congruente, eso sí, sonreír sí ¿Qué hago con tu
sonrisa, si yo me estoy muriendo mientras te cuidan? Recuerdo a mi tío; se
quedó paralizado en una cama, sólo podía ahondar en sus ojos y se veía el
dolor. Luego tuve que verle, como tutora y única cuidadora, agonizar durante 15
días. Como trabajadora, por supuesto, no tuve ni un solo día para atenderle; la
administración, esa maravillosa empresa sin corazón. Pero allí estaba yo, junto
a mi tío, atendiendo a mi madre, a mis hijos; pero no, no soy cuidadora y no lo
he sido nunca, para estos Gobiernos no lo he sido.
Ellos, los políticos, que dicen cuidar a tanta gente, a
tantos ciudadanos por los que se desviven, supongo, entienden que si trabajo no
puedo estar encima y ser cuidadora de gente sin estar conviviendo. Porque,
ellos que definen la burocracia, saben que los muchos vericuetos, papeles,
instancias y doble burocracia que deben abordar los cuidadores; por eso saben
que si no convives, no puedes serlo. Así que yo, por ende, no lo era. Malditos
seáis vosotros y vuestra memoria.
Con mi tío tuve que decidir quitarle la medicación, darle
morfina y esperar su muerte día tras día. Había visto en la residencia sus ojos
pidiendo clemencia, pero nada podía hacer. Luego durante 15 días tuve que
presenciar su agonía, cuando el trabajo me lo permitía. Y cuando murió ver a la
gente señalarme como si te hubieses beneficiado de algo: malditos, de nuevo, me
costó bien caro emocional y económicamente. Todavía recuerdo cuando, sola, tuve
que hacerme cargo de sus cenizas y pensar qué hubiese querido él.
Decidir por otras personas, el futuro de ellas, no es tan
sencillo. Duele, duele mucho, te marca. Decides la vida, lo que va a ser de
ellos y van tres. Bastante tengo con decidir mi vida para decidir la de los
demás. Pero ellos, salen en los medios dando limosnas y haciendo como si les
importásemos “hay que cuidar al cuidador” Y quién es ese cuidador, malditos:
¿El que ustedes decidan o el que realmente lo hace?
Por eso, yo nunca he sido cuidadora; tutora sí, pero
cuidadora no. Eso no, por supuesto; ellos definen y señalan lo que haces,
porque tú no sabes lo que haces.
Estas son mis razones para no querer vivir incordiando, para
que mis descendientes no decidan por mí, porque decidirán olvidarse de ellos en
lugar de pensar en ellos. Por eso quiero pensar por ellos, que yo ya he vivido
lo que tenía que vivir, ya me he desvivido bastante. Hay que saber decir adiós, hay que saber dejar vivir a
los demás.
Ahora bien, al mismo tiempo hay que saber decir a esos
políticos infames, inhumanos, malintencionados, ganapanes y demás adjetivos que
se les puede echar a la cara, y quiero y deseo echarles a la cara que ojalá se pudran
sus huesos en el infierno.
Gracias y un saludo desde la muerte.
Marta
domingo, 21 de diciembre de 2025
LA HISTORIA QUE NO QUEREMOS CONTAR
Este año el Gobierno ha celebrado los 50 años del inicio del proceso hacia la democracia. Admito que no soy historiadora, sólo lectora, por eso me pregunto si realmente empezó cuando dicen.
Porque hemos olvidado, o hay quienes quieren olvidar, todo nuestra historia y sobre todo, nuestro siglo XIX. Ese siglo en el que los españoles nos matamos unos a otros continuamente por reyes, con las guerras carlistas, o más, si cabe, por camarillas políticas. Ese siglo en el que, curiosamente, muchos de los progresistas y democráticos eran militares, como Espartero, O’Donnell o Prim. Militares que, debido a su ordenamiento, ante una administración ineficaz, tenían que salir a base de pronunciamientos a intentar poner algo de cordura. Todo ello parece quedar velado, olvidado como si nuestro pasado se forjase en la guerra civil española que no fue más que el colofón de tantos desatinos.
Pienso que el XIX terminó en 1936, en ese proceso en el que
algo tremendo tiene que ocurrir para que todo cambie.
Deberíamos echar la mirada atrás, no renegar de nuestra
historia y analizarla más a menudo, escudriñando todas esas cosas que hemos
dejado como un pasado del que renegamos y en ese pasado también están ancestros
nuestros.
El XIX es el siglo que dio paso al XX; el siglo en el que
nuestro país vio cómo todo se iba a pique, cómo no sabíamos hacia dónde ir,
aprisionados en costumbres religión, tradición y tantas otras cosas que
heredamos y que arrastramos; sin olvidar las corrientes de pensamiento europeas
que llegaban distorsionadas a los españoles de aquella época. Todo ello nos
condujo a que se diese un vuelco trágico para volver a empezar.
Reclamo el XIX para comprender el XX. Veníamos de ser un
imperio, pero los imperios mueren, poco a poco. A nivel individual también
morimos, pues empezó a llegar una burguesía que quería florecer. De ese XIX en
el que las personas se apoyaban unas a otras sin necesidad de intermediarios. Hay
un enorme trecho entre esa sociedad y la actual como para que juzguemos. Y eso me
hace tener la sensación de que caminamos hacia el ocaso de la sociedad
occidental. No lo veré, pero lo intuyo.
Deberíamos o deberían quienes más saben de historia analizar
la intrahistoria porque ver cómo se comportan los ciudadanos unos con otros, en
el metro discutiendo por un asiento, increpándose violentamente, dándose
codazos, es algo que te anima a pensar que ya no somos sociedad, que estamos
condenados.
Pero ya no hay remedio. Los imperios mueren y si no es en
este siglo, occidente morirá en el siguiente y todo por su idiotez y su falta
de interés, su buenismo y su sensación de culpabilidad. Mueren los imperios
como mueren los imperios individuales.






