viernes, 30 de octubre de 2026

CARTA A LOS JÓVENES

Hace nada nos enfrentamos con el tema de la vivienda, importante porque nadie ha hecho nada; hoy nos enfrentamos a la muerte inesperada, inexplicable; mañana será otra cosa. Posiblemente, esa cosa será, si es que nos atrevemos a plantearla, la dependencia y las demencias.

Esos jóvenes que hace poco clamaban el nombre de una mujer mayor, con el tiempo, empezarán a verlo de otro modo.

Porque esos jóvenes, en una sociedad donde cada vez se tienen menos hijos, salvo algunas excepciones, con una esperanza de vida mayor, verán cómo sus padres se hacen mayores y pueden caer en una demencia y, entonces…Entonces se darán cuenta que siendo hijo único o sólo con un hermano se te presenta una vida en la que tienes que cuidar al mismo tiempo que formas una familia y trabajando a la vez. Una situación que supone un esfuerzo que todavía no vislumbran. Hay gente que cuenta que es maravilloso, suerte que tienen algunos, porque ya te digo que correrás como un demonio, de un lado a otro y que no te llegue alguien más en la familia. Te dirán “hay que cuidar al cuidador”; bonita frase, de esas frases que hacen un lema y quedan bien en una pancarta, para que no haya reflejo real en ninguna política ¿Sabes por qué? Porque ese cuidador no tiene tiempo para cuidarse y tiene que cancelar sus citas médicas para atender a los suyos, porque cuando le dicen “tienes que cuidarte” responde ¿Cuándo?

Entonces, puede que te des cuenta que los mayores y tú mismo trazaron un sistema en el que tú vives y ahora cae sobre ti el mantenerlo. Y sí, se habrá creado una inmensa red económica entorno a la dependencia. Ya existe hoy, la denostamos, pero da trabajo a mucha gente. Así que ahorra, que a lo mejor te toca y hay que pagar residencia, donde sí, cada día mueren mayores, a ver si están ahí para salir renovados y jóvenes; o, si puedes permitírtelo, quizás puedas contratar una persona como cuidador.

Cuidando, trabajando y velando por hijos, ahí no he visto nunca a ninguna de esas mujeres que acampan o se manifiestan.

En ocasiones, el mayor acto de solidaridad es saber cuándo ya no puedes seguir y no soliviantar apelando a violencias machistas, como esos hombres que deciden irse con su compañera de vida que ya no vive y acabar ambos juntos.

No queremos ver, queridos jóvenes, que la muerte es un hecho natural y luchamos contra ella, pero esa misma lucha por ganar años puede acabar con la tierra y con la juventud.

Por mi parte, mi solidaridad quedará reflejada en mi testamento vital porque a mis hijos no les voy a dejar la herencia que a mí me tocó. Si no recuerdo quién soy, ni quienes son mis hijos, mejor descansar porque ya no eres, eres un cuerpo sin mente, sin recuerdos como yo he visto a dos a los que, por ahora, me ha tocado cuidar. A veces sientes que hay que mantener la vida, aunque reviente el cuidador. De hecho, ya me está pasando.

Esto que os cuento es sólo una parte, porque cuando llega el final de una persona hay que decidir si conservar la vida con pocas garantías o dejar ir. Ya os adelanto que es duro porque tienes la vida de una persona en tus manos y yo, por ejemplo, ya he firmado dos sentencias anunciadas al albur de un dictamen médico. Luego, hay que esperar unos días u horas, llegan las dudas. Un infierno. Pero eso nadie lo cuenta, de hecho es un discurso cancelado, censurado. Hablar de muerte no es bienvenido y cuando llega inesperadamente, se vuelve insoportable. En cambio, los celtas la tenían bien presente; quizás por eso en Galicia hay gente que tiene todavía otra mirada.

Bueno, jóvenes, sólo quería apuntaos algunas cosas, pinceladas. Soy una apocalíptica, pensaréis; pues puede que sí.

De cualquier forma, os deseo que no sea así y que logréis vivir y morir sin esas angustias.