viernes, 3 de mayo de 2019

ALGO FALTA EN NAVARRA

Faltan 23 días para las nuevas elecciones y me temo que volveremos a escuchar en Navarra la misma retahíla de siempre: Foralidad, tren de Alta Velocidad y Canal de Navarra. Cuestiones que, curiosamente, son las señas de identidad tanto de UPN y, supongo que Navarra Suma, y el PSN. Este último ya lo dejó caer en una entrevista a su candidato a Diputado, Santos Cerdán, en Cadena Ser Pamplona. Luego intentaran marcar distancias en cuanto a temas como la educación, sanidad o servicios sociales.

Por mi parte, lamento esos temas bandera porque no veo que marquen un futuro claro para muchos ciudadanos, una apuesta más contundente por sectores con mayor valor añadido. Sobre todo, lo lamento porque nunca ha existido un debate claro sobre estas cuestiones, salvo las máximas repetidas de futuro.

El tren de alta velocidad quizá sirva para que los jóvenes se marchen más rápidamente de Navarra o tengan la posibilidad de visitar a sus familiares de forma más rápida. Entiendo que apostar por el ferrocarril como alternativa al transporte de mercancías es una buena opción. Pero yo intento ir más allá y preguntarme qué mercancías: automóvil y productos agrarios y transformados. Es decir, lo de siempre. Navarra no mira por desarrollar nuevos sectores desde donde se diversifique el tejido industrial o tecnológico.

Por su parte, el Canal de Navarra tampoco ha sido objeto de debate en estos partidos puesto que consideran que, por sí mismo, es la panacea. Y sí, el Canal es necesario, como así lo reconoce la Ley de Aguas, para dotar a la Ribera de un agua de calidad, pero podría replantearse el proyecto, teniendo en cuenta la inversión necesaria, que recae sobre los propios agricultores que tendrán que pagar la infraestructura y su mantenimiento y el cómo repercutirá esto en el precio final de los productos.

No me gusta cuando se hurtan los debates en base a las máximas de a favor o en contra. Hay matices, pero aquí no cuentan.

viernes, 11 de enero de 2019

LA DERIVA SINDICAL HACIA LOS DESPACHOS

Los sindicatos, al igual que los partidos políticos, son necesarios, esenciales en nuestra sociedad democrática. Aunque ya se ha dicho hasta la saciedad, se han burocratizado, se han convertido en organizaciones de despacho que olvidan bajar a pelear en el barro, a visualizar los entresijos laborales a los que se ven enfrentados los trabajadores y, menos aún, los que han dejado de serlo. Cierto que determinadas reformas les han afectado negativamente, pero eso no es obstáculo para llevar a cabo su labor que es estar al lado del trabajador. Hay unos pocos que lo hacen.

Últimamente, se prodigan poco en movilizaciones. Puntuales sí, dentro de grandes empresas. Hay quienes llegan a recibir comunicados sobre logros y pretensiones, que suelen estar alejadas de la dura realidad laboral de la mayoría. Los sindicatos se han convertido en negociadores de despacho; se sienten a gusto en la Administración y en grandes empresas que siguen las normas laborales, pero poco o nada hacen en relación con las empresas en las que los representantes sindicales son los afines al jefe; en los sectores no unificados, por ejemplo, transportistas, hostelería… y hasta en la propia administración pecan de ignorancia porque no se molestan en informarse.

Esa es la burocratización, no se informan, conocen la teoría, pero no la practica. Como en política, como en la propia Administración, las decisiones se toman en los despachos y cuando llegan donde tienen que llegar son ineficaces o, incluso, provocan más problemas de los que intentaron solventar.

Hoy en día muchos trabajadores tienen que enfrentarse a problemas laborales como retrasos en el pago de sus nóminas u horarios ampliados, por poner los más sangrantes, en los que, muchas veces, son ellos los que tienen que arriesgarse. Aquellos afiliados que ven incumplidos sus derechos acuden a su sindicato y, en muchas ocasiones, lo único que obtienen es la ratificación de que están en su derecho de reclamar. Luego van a su empresa y reclaman y ahí se queda el asunto, porque la empresa no hace nada y el sindicato ya ha hecho todo lo que su grado de burocratización implica. Así que sólo unos pocos se atreven a plantar cara, aún a riesgo de represalias. Los demás agachan la cabeza.

Conozco casos de rebeldía que no han llegado a nada y conozco casos, uno en Navarra, donde un afiliado a Comisiones Obreras durante más de 10 años tuvo un problema y la respuesta del sindicato ha sido nula. En dicho caso, el trabajador había prestado servicio en la Administración Foral como interino en varios departamentos durante más de 10 años, con gran satisfacción por parte de sus jefes. En su último puesto, su plaza fue ocupada, pero nunca más le llamaron, porque fue eliminado o eludido de las listas. Ocurrió hacia el 2013, durante la época de UPN. Con el cuatripartito volvieron a llamarle; habían pasado cuatro años, una depresión y una enfermedad derivada de la misma. En el segundo puesto donde estuvo trabajando fue despedido de malas formas por supuestas causas sobrevenidas, curiosamente por una Directora de Salud Mental. No sólo fue despedido, sino que éstas se encargó de que le eliminasen de la listas.
Tras acudir a su sindicato, la respuesta del mismo ha sido nula. No contestan.

Por tanto, no debe extrañarles a los sindicatos que los trabajadores opinen que están para recabar los votos dentro de los sectores de empresas instauradas, bien calificadas. Porque los problemas más sangrantes y complicados parece que les superan.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA PRIVATIZACIÓN DE LA SOLIDARIDAD

Cuando se habla de subir impuestos o de establecer nuevos baremos en cuanto a las pensiones, la solidaridad, base de una sociedad que aspira a un Estado de Bienestar global, se tambalea.

Porque la solidaridad social no va de la mano de la solidaridad individual. Un individuo puede ser solidario en su faceta individual y cerrarse cuando se habla de solidaridad social.

Son actitudes que estamos viendo en el desarrollo de los países occidentales. Y es que la solidaridad, desde el punto de vista individual, ha aparcado lo social, para caer, en cierta forma, en una especie de caridad con la que el individuo se siente bien consigo mismo, ve más de cerca los resultados y quiere ser protagonista de los mismos. Como decía Bourdieu “el beneficio fundamental que uno encuentra en servir de ejemplo radica en sentirse ejemplar”

Nos encontramos con esas desviaciones de la solidaridad cuando escuchamos a personas preguntarse por qué tienen que aportar más quienes más tienen si se lo han ganado con esfuerzo y, quizás, con riesgo a la hora de invertir. Añaden que pocas veces acuden a la sanidad o educación pública, pueden vivir sin ella. Evidentemente, su argumento es correcto; pero olvidan, como es lógico, tener en cuenta otras variables existentes en una vida social. Y es que el éxito de una empresa no sólo depende de uno mismo, sino de otros muchos factores, entre los que se encuentran los otros, la suerte, las influencias, la oportunidad, hasta, incluso, pongámonos un poco sarcásticos, dar con el corrupto adecuado (esto es una licencia). Quienes triunfan no tienen en cuenta que han dejado atrás a mucha gente que, quizás, hubiese hecho mejor las cosas, pero que no han tenido la suerte, la confianza de la sociedad. Ellos, los triunfadores, dependen de nosotros, los ciudadanos que los hemos hecho triunfar y si esos ciudadanos están enfermos o descontentos, quizás dejen de confiar en ellos. Del mismo modo, que un médico, un ingeniero, un titulado tiene detrás a un montón de gente que con su esfuerzo en el trabajo y en sus cotizaciones ha permitido que se formase en Universidades y obtuviese becas. Pero, lo olvidamos ante nuestro triunfo individual.

Pasa lo mismo en cuanto al establecimiento de las pensiones y los baremos. En muchas ocasiones, hay quienes apuntan que no es lo mismo haber cotizado 15 años que 40. Olvidan también las circunstancias especiales que pueden rodear a muchas personas y familias. Olvidan que durante años la mujer no accedió al mercado laboral porque su papel era otro; menos mal que llegaron las pensiones no contributivas con los socialistas. Hoy hemos avanzado, pero todavía quedan otros factores que continúan influyendo en estas cotizaciones. Los mismos, casi, que cuando se habla de impuestos: puede influir las cuestiones familiares, la suerte, las influencias, la formación, el momento económico en el que te toca acceder al mercado laboral, cuestiones que pueden verse como menores (un mal profesor) pueden dar al traste con tus expectativas futuras y tus elecciones. Tampoco tienen en cuenta a aquellos que han cotizado y no han llegado al mínimo por un año, por ejemplo; o a aquellos que cotizaron y nunca llegaron a disfrutar de esa cotización porque se quedaron en el camino. Eso va a la bolsa de los demás. Olvidos y más olvidos dentro de nuestra esfera individual, siempre pensando de una forma divergente.

Porque lo público ha quedado desprestigiado. Quien se ha encargado de ello bien lo sabe y no sólo son de derechas. De hecho, hoy se establecen iniciativas ciudadanas sustituyendo a lo público para ayudar a las personas, por ejemplo, comedores sociales en los que colabora gente, cerrando el servicio social público. Esto deriva en una mentalidad en la que lo público es ineficaz y que somos nosotros, desde nuestra esfera individual, quienes debemos aportar. Si sólo nosotros, desde nuestra esfera individual somos los protagonistas, los ejemplares, de ahí a pensar que lo público no funciona va un pequeño camino; el mismo que para considerar que para qué vamos a aportar al erario público.

Deberíamos dar una vuelta a nuestras consideraciones. Bien es cierto que la corrupción ha hecho mella en este aspecto, pero eso no deslegitima el valor intrínseco de lo público, el bien social, el apoyo mutuo, sin protagonismo alguno. Ese es más meritorio que cualquier otro; ése que se hace callando, ése que no dice “yo colaboro”, sino que lo hace porque entiende que lo debe a esa sociedad que está ahí recibiendo y aportando a ti y a los demás.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LAS BUENAS MUJERES

Ante el ambiente de buenismo mujeril que predomina hoy, me vienen a la cabeza algunas apreciaciones. Cuando hablamos de sexo en la sociedad solemos dejar de lado aspectos antropológicos y biológicos. No debería ser así porque éstos han influido en cómo nos hemos desarrollado socialmente. Desmond Morris apuntaba como hipótesis la pérdida del celo en la mujer como una de las claves en el desarrollo de las relaciones macho-hembra humanos: esa pérdida supuso la protección de la mujer por parte del hombre en momentos de riesgo. Ese riesgo no proviene de su debilidad, sino de la biología: portamos la descendencia, amamantamos…
Era necesario establecer algún tipo de relación para la supervivencia como especie. Así podríamos tomar la perspectiva de que el sexo es una necesidad para la especie como lo es comer o beber. Hoy comercializamos con nuestras necesidades básicas: compramos comida y agua ¿Por qué, entonces, nos alarmamos si compramos sexo? ¿Por qué los trabajadores que comercian con algo tan esencial como la comida y  el agua están sindicados y son bien vistos?
Otro aspecto antropológico es que, en la mayoría de las ocasiones, en la naturaleza, la hembra decide con qué macho se queda. Suele ser el más fuerte; por supuesto, también la hembra más adecuada para la procreación será la más solicitada. El hecho de que la hembra decida, no entramos en cuestiones delictivas, supone una ventaja, pues tiene más fácil el acceso a una necesidad como es el sexo; el macho espera o lucha. Esa es, me aventuro de decir, una posible razón de que haya habido más putas que putos.
El sexo en el mundo animal se entiende, sobre todo, como supervivencia de la especie; aunque algunos observadores apuntan cierta tendencia al placer en algunas especies. Sin embargo, en el humano las relaciones macho-hembra se han desarrollado de otro modo; en ellas han influido aspectos sociales, culturales o religiosos, éstos últimos los más duros con la mujer, quizás por su facilidad para acceder al sexo. Además, incluimos un sentimiento nacido, quizás, de esos lazos de protección: el amor.
Ciertas culturas comercializan con estas relaciones. De hecho, conocemos muy bien cómo algunas entregan a sus hijas menores a señores mayores restableciendo ese vínculo arcaico de protección que, hoy en día, la mujer ya no necesita, puesto que la sociedad es la que protege a los individuos.
De hecho, consideramos estas prácticas como una aberración; y lo es en tanto que no es la mujer laque decide, sino una tradición, una cultura que se cierne sobre el individuo y lo encarcela.
Avanzando un poco más, la hembra humana ha utilizado esa ventaja que la naturaleza de ha otorgado. La mujer no es siempre un ser dulce, delicado el que se aprovecha el hombre en su beneficio. Olvidamos cómo la mujer utiliza su condición, por ejemplo, para conquistar al hombre con la cartera llena, aunque no de la talla para una mejora de la especie y su supervivencia. En suma, decide quién la va a proteger mejor económicamente, comercia con su sexo. Cierto que luego se viste la relación con la belleza interior del susodicho macho. Incluso la propia sociedad ha tratado al hombre como un objeto cuando lo ha considerado como un buen partido. Es decir, incluimos valores económicos en nuestros juicios sobre las personas.
Hay mujeres, suelen ser las más agraciadas, que no han mostrado ningún recelo a la hora de utilizar su sexo para lograr ciertos objetivos sociales o laborales; cierto que, ahora, generalizamos nuestra opinión señalando que es un abuso contra la mujer; aunque no creo que la aspirante menos agraciada opine del mismo modo.
Actualmente, las mujeres intentamos liberarnos de muchos condicionamientos y tabúes teñidos de culpa. Pero todavía seguimos pensando que el sexo es cosa de hombre, cuando puede entenderse como una necesidad. Casi sacralizamos nuestro sexo.
Sin embargo, en esta evolución social del sexo, el acceso de la mujer al mundo laboral ha propiciado que algunas no logren ese acceso inmediato a la satisfacción de una necesidad. No pueden decidir en el entorno social porque son mujeres que han priorizado su estatus económico y profesional sobre el personal o de la especie. Lo han decidido así; pero ese mismo estatus propicia que puedan acceder al mercado del sexo, que puedan comprar su satisfacción. Quizás debamos acostumbrarnos a ello. No considero criticable esta opción. A veces introducimos valoraciones de clase en este aspecto. Pero las mujeres de estratos sociales de base  tienen acceso rápido al sexo  si así lo desean y sin contraprestación económica.
Pero como la conciencia social puritana está todavía presente en nuestras mentes, algunas le dan la vuelta a la tortilla y en lugar de aceptar que quieren sexo señalan que el tío macizorro que se trincaron tan fácilmente las engañó y estafó.
Nos volvemos a sentir víctimas, sexo débil, en lugar de mujeres, hembras que deciden, que actúan, que saben lo que desean.
La prostitución, como la entendemos hoy en día, no es el único lugar donde se comercia con sexo; siempre ha habido matrimonios interesados que hemos vestido socialmente porque es una relación formal. Juzgamos a quienes utilizan estos servicios y generalizamos señalando que son personas que van a hacer sufrir a quien compran el servicio; evidentemente, existen, pero no todos. Hay casos en los que han surgido matrimonios a través de la prostitución. Quizás una buena regulación de los servicios quizás aportara una mejora para los trabajadores.
A la hora de hablar de prostitución deberíamos abordar muchos más aspectos, destapar cuestiones, valoraciones provenientes de una evolución social y tradicional. Queda mucho por hablar. Pero, la hembra humana tiene que empezar a interiorizar que el sexo no es cosa de hombres, sino de la especie, y que no es culpable por sentir necesidad del mismo. Cuando lo haga, habrá dado un gran paso en su liberación interior.

miércoles, 4 de julio de 2018

PEDRIGRÍ HUMANO

Un amigo mío, que suele hacerme preguntas para derretirme el cerebro, me lanzó una cuestión un día que andábamos observando la actitud de los perros para intentar explicarnos cosas: ¿los humanos tienen pedigrí? me espetó. Y claro, la cuestión se las trae porque si lo interpretamos como lo hacemos con los animales la cosa tiene miga.
Vaya por delante que ni soy zoóloga, ni veterinaria, ni pretendo serlo. Sólo son apreciaciones sobre el mundo que nos rodea, con alguna pequeña pizca de conocimientos ambientales. Un animal con pedigrí es, digamos, de pura raza; pero para ello suelen cruzarse entre los propios de su raza y, si no hay demasiados, lo que ocurre es que tendrás un perro con pedigrí, pero con una genética algo repetitiva, endogámica y, por tanto, pobre en las sucesivas generaciones. Esto es así en la naturaleza; de hecho, actualmente, se está intentando que las comunidades de animales salvajes no queden aisladas para que no se vaya degradando la especie. Ejemplo es la comunidad de osos en Asturias. Hay dos zonas, pero están separadas por el hombre y se espera que, un día, puedan mezclarse.

De hecho, se reconoce que los perros sin pedigrí o chuchos suelen ser perros más fuertes: se van mezclando unos con otros, no tienen en cuenta razas, ni características físicas, ni nada de nada. Prima el aquí te pillo, aquí te mato, la Ley natural de la procreación. Lo de las razas es asunto nuestro, no de ellos. Claro que entre los animales salvajes quien procrea suele ser el más fuerte y el genéticamente superior, ya que sus únicas armas para sobrevivir suele ser una buena genética. Son asuntos distintos: una cosa es la mezcla de comunidades y otra quién prima dentro de esas comunidades.

Bien. En este punto traslademos la cuestión a lo humano, como animales que somos, en realidad.

Empecemos por la mezcla. Y he aquí las preguntas: ¿es mejor que nos mezclemos? ¿O preferimos tener pedigrí aún a costa de, quizás, posibles deterioros genéticos?

Cuando apelamos a la raza, como algunos hacen, ¿lo han pensado bien? Cada cual que haga sus propias reflexiones. El mundo animal siempre nos da ciertas pistas.

Yo por lo pronto me declaro humana sin pedigrí. Una chucha con mezcla Normanda, Navarra y quién sabe cuántas cosas más.

Ahí lo dejo.

jueves, 7 de junio de 2018

SEÑALES Y AUSENCIA DE RESPUESTA

Los seres humanos interactuamos, somos sociales y necesitamos emitir señales entre los que se encuentran los sistemas primarios de mensajes, sin llegar al lenguaje, pero que se han ido desarrollando como en un complejo acuerdo social sobre el significado de las mismas, aunque puede conducir a equívocos. Unos mensajes, a través de señales, que suelen más comunes entre culturas y que varían de unas a otras.


Hoy, a tenor del movimiento en contra de ciertos hábitos femeninos y masculinos, estamos entrando en una dinámica que nos puede llevar a una mayor confusión.

Los seres humanos siempre hemos utilizado nuestro cuerpo para enviar mensajes sean territoriales, sexuales, jerárquicos, de temporalidad…que nos constriñen, pero que son necesarios incluso para rebelarse contra ellos, pero sin eliminarlos, sino modificándolos.

Buscamos el contacto y nuestra definición previa hacia el otro. Hemos establecido formas de relación como estrecharse la mano o la definición de nuestro sexo.

La ropa ha sido un elemento esencial: ha sido utilizada para señalizar emociones, orgullo..; por ejemplo, en la mujer señala la parte del cuerpo de la que se siente más orgullosa. Los elementos ha evolucionado conforme a la libertad. La falda fue reduciéndose a medida que la libertad sexual fue aumentando o los escotes ampliándose. Y esa señal, evidentemente, espera una respuesta que no es otra que la mirada del otro. Las señales se producen con un objetivo, significar.

Ahí es donde quería llegar. Hoy insistimos en negar la respuesta a la señal porque, en ciertas ocasiones, sobre todo en las señales emitidas dentro de los sistemas primarios de mensajes sexuales, las consideramos machistas, negativas. Cierto que hay reacciones exageradas o incluso violentas, pero eso está fuera de la interacción necesaria, es una reacción fuera del sistema en el que nos encontramos; es una perturbación de la comunicación, ya que se transforma en una sistema de otro tipo: jerárquico, guerrero, territorial.. Del mismo modo, que hay señales en otras culturas que nos perturban porque no entran dentro de nuestro sistema.

Imaginen un mundo por el que anduviésemos con la mirada indiferente de los demás, emitiendo señales, de las que no somos conscientes en las mayoría de la ocasiones, porque son asumidas, aprendidas. Imaginen a chicos y chicas entrando en un local de reunión evitando miradas y respuestas. Imaginen un mundo que no reaccione ante la belleza, la delicadeza, la provocación, el deseo, las emociones…

No luchemos contra las señales, simplemente hay que conocerlas y ubicarlas en su contexto, en su sistema primario. Podemos transformas como la falda, pero no eliminar la respuesta: unas piernas bonitas seguirán siendo unas piernas bonitas y los hombros bien contorsionados seguirán siendo esos hombros fuertes que esperas.

miércoles, 28 de marzo de 2018

LA MUJER EN LA HISTORIA ES MAS QUE NOMBRES

La literatura, las ciencias, la historia reflejan, en suma, la sociedad que la sustenta porque, en función de cómo se estructura, los ciudadanos pueden tener unas oportunidades u otras, unas inquietudes u otras, sin obviar a quienes van por delante de su propia sociedad.

Actualmente se habla de transformar los libros de texto para visualizar más a las mujeres que han participado en actividades de toda índole y que, sin embargo, tienen pocas páginas en estos libros, como si no hubiesen existido.

Aunque seria adecuado revisar los libros de texto, no creo que la cuestión sea llevar al protagonismo a la mujer porque, con ello, dejamos de lado cómo se ha desarrollado el entorno histórico y social de la mujer y del hombre: los condicionamientos sociales que les rodeaban.

Se olvida profundizar en lo social, por una simple visualización. Creo que estamos fallando en algo al hacerlo así, ya que esto puede conducir a considerar que el problema es de hoy y no de ayer.

No podemos olvidar la dificultad que ha tenido la mujer en el acceso al conocimiento, ni olvidar los contextos donde la mujer tuvo un papel que era considerado esencial. Por otra parte, hay mucha historia que hemos aprendido mal y que valoramos desde nuestra perspectiva actual, sin tener en cuenta el entorno. Muchas veces hemos calificado las sociedades sin profundizar en ellas. Pongamos un ejemplo: Esparta. Consideramos la sociedad espartana como una sociedad dedicada a la guerra, ruda. Sin embargo, la mujer vivía una libertad y una consideración enorme entre los hombres porque, como decían, eran quienes parían a los hombres. Tenían roles diferentes, pero igualmente valorados. Los hombres tenían que ir a la guerra. Pero cuando algún extranjero osaba recriminar a una mujer por hablar en una conversación entre dignatarios podía llegar a ser condenado a muerte.

En Grecia era curioso que las mujeres más influyentes fueran las Hetairas, vendían sus favores, pero eran muy apreciadas por sus conversaciones ¡Cómo ha cambiado la sociedad!

Una de las mujeres más reivindicadas ha sido Hipatia de Alejandría pero, curiosamente, fueron los hombres quienes la rescataron: Voltaire o Toland. Este último la uso como base contra la religión “Hipatia, o la historia de una las damas más hermosas, virtuosas, cultas y distinguidas en todos los aspectos; que fue despedazada por el clero de Alejandría para satisfacer el orgullo, la envidia, y la crueldad de su arzobispo, común pero inmerecidamente llamado San Cirilo, donde la califica de "encarnación de la belleza y el saber", y se atrevió a considerar que los varones deberían "avergonzarse para siempre de que pudiera encontrarse entre ellos alguien tan brutal y salvaje como para, en lugar de embriagarse con la admiración de tanta belleza y sabiduría, manchar sus manos de la manera más bárbara con la sangre de Hipatia, y sus almas impías con el estigma de haber cometido un crimen sacrílego”.

Como vemos, estamos obviando una parte importante en la consideración de los hombres y las mujeres, el contexto histórico y social y es en él donde deberíamos poner el impulso.

Por ejemplo, en los análisis literarios siempre se debe hacer hincapié en el contexto más que en otra cosa. Ha sido así, pero se ha hurtado una apreciación: la presencia de poderes sociales como lo ha sido la Iglesia que han influido en que la mujer, sobre todo aquellas de mayor estatus, porque el vulgo bastante tenía, en lugar de dedicar sus horas a la cultivación de la mente, lo dedicaran al rezo; mientras los hombres marchaban a la guerra por, en muchas ocasiones,  la propia religión. Ese contexto literario no ha tenido en cuenta los convencionalismos de la época en cuestión y son ellos los que han determinado, en muchos aspectos, el desarrollo de ambos sexos.

Si nos dedicamos simplemente a visualizar, a colocar nombres de mujeres en los libros, nunca enteremos cómo funciona nuestra mente, nunca estaremos abordando el problema principal: la asimilación a través de los siglos de un rol, de unas formas correctas tanto para mujeres como para hombres. Nunca estaremos abordando cómo las mujeres pueden ir en contra de las propias mujeres, cómo nosotras calificábamos a otras como brujas, rameras y otros calificativos que todavía perviven y cómo lo seguimos haciendo.

La libertad individual estaba y está condicionada por prescripciones morales socialmente aceptadas.

Quizás los libros deban añadir a mucha gente acallada durante épocas, hombres y mujeres, pero también hay que modificar la forma de aprender y analizar los contextos, sin tapujos y sin miedos, sin convencionalismos que nos hagan dudar sobre si es adecuado o no. Porque si uno se pregunta si es correcto o adecuado es porque algo de lo ancestral está llamando a la puerta de su conciencia.