martes, 3 de enero de 2017

EL HUMANISMO DE LA ROBÓTICA

Aunque pueda parecer contradictorio existe un gran humanismo en el desarrollo de la robótica.  Estamos asistiendo constantemente a avances impresionantes en este campo que influyen en diferentes ámbitos: medicina, dependencia, hogar, producción.. Llegan hasta esferas puramente humanas como la comunicación.

Reconozco que no tengo ni idea de la materia, los algoritmos se me atragantaron nada más conocerlos y mi capacidad me llevó por el camino de la ley del mínimo esfuerzo: las letras.

De ahí que los avances tecnológicos me conduzcan a un dilema más bien filosófico que, por otra parte, no he encontrado la forma de resolver. En ese mismo dilema la sociedad productiva en la que vivimos tiene mucho que ver. Este tipo de sociedad conlleva que los avances o el progreso no tengan un fin, un destino, salvo el de la acumulación masiva de recursos; cuando lo que debiera promover, a lo que debiera tender es a la consecución de algo que se llama felicidad. Un concepto olvidado como motor social.

Los avances tecnológicos liberan al individuo de múltiples tareas rutinarias y en nada satisfactorias desde el punto de vista de la creatividad. A su vez, pueden conducir a la liberación de trabajos peligrosos o desmotivadores. O lo que es lo mismo la consabida sustitución de mano de obra por robots. No es la primera vez que esto ocurre, pero hoy se puede llegar a cotas más altas.

Lo que me lleva a pensar que la sociedad productiva, la que no tiene otro objetivo que mantenerse como tal, no está capacitada para asumir que el hombre trabaje menos, que dedique más tiempo a otras facetas sean creativas o de ocio. Parece ser que sólo el trabajo duro y alienante produce economía real. Y para mí lo que logra, simplemente, es reproducir un modelo de sociedad, la productiva, no la humanista.

Es decir, los avances tecnológicos que nos pueden ayudar a ser un poco más felices o, al menos a disfrutar de este tiempo que se nos ha regalado en la tierra, se desarrollan a una velocidad mayor que la mentalidad, la propia economía o la propia sociedad.

Quizás peco de ingenua o, más bien, de utópica; no lo dudo. Pero yo siempre he pensado en un futuro en el que la sociedad no fuera un mero mecanismo de producción de cosas, muchas innecesarias, sino de producción de tiempo, disfrute, cuidados y desarrollo humano. A veces pienso que nos hemos creído aquella sentencia divina que nos condenó a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Sin embargo, tenemos una mente maravillosa para trabajarla, para crear elementos que ayuden a la felicidad; no en vano también de dichas sentencias se deduce que, hechos a semejanza, podemos crear y podemos, quizás, crear algo armónico.

Al final me encuentro con el dilema economicista: ¿habrá trabajo para todos con mayores avances? ¿Tendremos que plantearnos un nuevo tipo de sociedad? ¿Cómo gestionamos esa nueva sociedad? O directamente vamos a renunciar a la felicidad o a la  satisfacción. Quizás es que ya la hayamos reducido al simple hecho de poseer.

martes, 20 de diciembre de 2016

OCHO KILÓMETROS DE ILUSIÓN

Eran sólo ocho kilómetros, pero parecían contener un mundo, el enorme regalo que llegaba cada año plagado de ilusión, de expectativas. Corrían los años 70, quizás pudiera ser el 75 o antes. No importa. Era un viaje, un largo viaje de 8 kilómetros que vivías como especial y único. Los nervios te avasallaban cuando llegaba ese día y esperabas montar en ese pequeño coche que te transportaría a la ilusión. Una vez dentro el motor se encendía y la impaciencia te embargaba. El coche se dirigía a la carretera, despacio, demasiado despacio para tu impaciencia. Mirabas a través de la ventanilla  observando cada recoveco del camino, cada esquina, cada árbol, cada piedra, cada sendero dibujado entre los montes, como esperando que algo hubiese cambiado, que alguien saliera a animarte, a decirte hola en ese viaje. Era unos momentos tremendamente largos porque había algo en el ambiente que animaba a una espera continua, a una impaciencia por lo que podía llegar. Y ese día, cada año, se convertía en el comienzo de algo nuevo.
La pequeñaja de los pasillos
Eran sólo ocho kilómetros, pero parecían contener un mundo, el enorme regalo que llegaba cada año plagado de ilusión, de expectativas. Corrían los años 70, quizás pudiera ser el 75 o antes. No importa. Era un viaje, un largo viaje de

Al final te acercabas a esa pequeña ciudad a 8 kilómetros de distancia y veías las tenues luces dibujarse en el horizonte. “Ahí está”, gritabas. Las calles iluminadas precariamente, pero para ti eran impresionantes. Aparcabas. El entusiasmo crecía. Te cogías de la mano de tu madre. Entrabas en el único y primer supermercado de la comarca. Allí, entre enormes estanterías repletas de productos que no sabías ni que existían, tu vista se perdía; no llegabas ni al segundo estante. Pero tú sabías lo que querías, correr entre los pasillos buscando la Navidad, la ilusión de esas cosas que no encontrabas en todo el año. Saltando entre las baldosas explorabas eso que te susurraba el calor, la dulzura, el sabor que estabas esperando, y que, al final, siempre te llevaba hacia el turrón de chocolate. Corrías hacia tu madre con rostro iluminado “¿y qué más?” le decías, ¿qué más? Qué más daba. No había mucho que comprar en aquellos momentos. Pero era el día de las compras navideñas. Era un día, sólo un día, pero era único.

 

 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

LOS DOS OBJETIVOS DEL PSOE

Seguimos gritando. Cierto que, a veces, viene bien gritar para desfogarse. Una vez hecho esto se supone que después procede la reflexión y la actuación. Tengo la sensación de llevar demasiado tiempo gritando, que lo que nos rodea es un grito continuo de unos contra otros. Pero lo que jamás debe ocurrir, utilizando algunas palabras de Baroja, es que después del grito, agitado y violento, eso nos lleve al conformismo, hasta acabar como un rebaño estúpido y tranquilo.

No soy una teórica política. No suelo enmarañarme en discusiones sobre la deriva, el agotamiento o la transformación de la socialdemocracia. Mi teoría, o más bien mi utopía, se basa en la observación simple y llana del discurrir de la vida en sus múltiples facetas y con sus diversos factores sociales que la condicionan, entre ellos la economía.

Entiendo que las discusiones teórico-políticas sean muy interesantes. Pero a mí, como al resto de los mortales, nos preocupa lo que vemos, lo que intuimos, lo que sentimos.

El PSOE ha llegado a un momento en el que se han dibujado dos vertientes y en la que se discute y mucho, demasiado agitadamente, sobre lo que se debió o no hacer.

Si lo miramos desde la distancia, sin apasionamiento, podemos concluir que ambas opciones pueden ser correctas, porque todo depende del destino, el fin último al que se aspira. Y creo que una opción apunta a una sociedad productiva, quizás porque entiende que no hay vuelta atrás; otra a una economía sujeta a otras reglas, quizás nuevas. Todos queremos progresar, la cuestión está en cómo lo vamos a llevar a cabo.

Como decía José Luis Sampedro, unos tienden hacia la sociedad de mercado, donde todo es mercancía, otros hacia la economía de mercado.

La cuestión, por tanto, no es estar a favor de un sector u otro porque ambos, se supone, y no lo voy a discutir, quieren lo mismo: que los ciudadanos progresen y mejoren. La cuestión está en el cómo lo quieren y a costa de qué. Cada una representa un rumbo, una dirección, un fin de la sociedad. Y desde mi punto de vista, la actuación de la gestora apunta hacia un fin en el que prevalece la sociedad de mercado, en el que se continúa la misma senda, hasta ahora marcada, sin grandes giros, sin grandes expectativas futuras, manteniendo las estructuras y sin pensar en cambiarlas. Frente a ella están quienes tienden y aspiran a una nueva visión, en la que prevalece la persona, en la que se pretende avanzar en la solución de los problemas desde el origen, asumiendo nuevos conceptos, ensayando y sobre todo manteniendo algo más sencillo y más complicado de lograr: una economía de mercado que no someta todo a su consideración.

Puede que me equivoque y lo entienda todo mal, porque sigo siendo utópica. Pero no debía ser la única. Vuelvo a nombrar a Sampedro cuando decía que a lo mejor el error está en pensar que esto es el ocaso, cuando en realidad es la aurora. Que hay que morir un poco para renacer hacia una nueva sociedad.

viernes, 4 de noviembre de 2016

ME EQUIVOQUÉ

Me equivoqué sí; me dí cuenta enseguida. Pero de vez en cuando es bueno recordar los equívocos. Hace poco más de cuatro años se me ocurrió, siendo concejal en un Ayuntamiento de una localidad Navarra, organizar unas Jornadas medioambientales con debates, conferencias, exposiciones, visitas guiadas…Conferencias con personas tan reconocidas como Miquel Porta, debates sobre energía, con Antonio González, Director Técnico de Foro Nuclear o Joseph Puig, profesor de la Universidad de Barcelona; sobre agua, protección ambiental y actividad primaria, la exposición Amigo Lobo en el marco de una Iglesia románica. Cinco intensos días en lo que quería demostrar: primero, que se puede llevar hasta los pueblos a personas de prestigio nacional e internacional; segundo que cabía la posibilidad de fomentar un turismo intelectual y de Congresos (cuestión que, curiosamente, incluía la Conferencia Política del PSOE; tercero, que el Medio Ambiente es una oportunidad; cuarto, que podía ser posible incentivar el interés, el debate de ideas en el mundo rural.

Pero francamente,  me equivoqué. Sí porque tenía la esperanza, la ilusión de que pudiera ser un banderazo de salida, la posibilidad de ir haciendo un nuevo camino, una mentalidad más abierta. Pero me equivoqué. Los ciudadanos quieren lo de siempre, no es posible todavía; no es posible, quizás, pretender que abandonen la comodidad de lo previsto por la incomodidad de la imprevisión. Esa que genera avanzar hacia un camino no ensayado, no explorado con anterioridad.

Hoy, cualquier evento medioambiental debe adornarse de fiesta, degustaciones, de tradición, de exaltación de lo propio, particular, teñido de idiosincrasia local, de actividad cotidiana. Avanzar supone introducir. Y me equivoqué. Para eso hace falta algo que todavía no he descubierto. Esa mentalidad mediterránea, esos pueblos que se enriquecían con sus puertas abiertas al mar. Un mar ahora sucio y, lamentablemente, repleto de cadáveres.

miércoles, 12 de octubre de 2016

QUIERO GRITAR

Nunca he sido políticamente correcta, quizás un día lo fui, pero se me pasó. Ni pretendo serlo, como algunos. Pero no soporto la rendición de mi partido y de otras organizaciones, como los sindicatos. La rendición como estructuras, no de quienes todavía creen que es posible avanzar y mejorar.

No soporto el aplauso a ciertas personas que se refugian en ellas, ya no para vivir del cuento, sino para dar una imagen y engañar a su entorno. No voy a ser retórica, voy a hablar con la crudeza de quien se siente traicionada, desolada en su creencia, en sus ideas, en sus principios. Porque entiendo que cada cual pueda defender una opción, sea la abstención, sea lo que fuese, eso lo entiendo. Pero no soporto la apariencia, la de quienes dicen ser socialistas sin serlo porque sus acciones, sus estrategias, sus palabras adornadas, que no dicen nada, su sosiego, dice otra cosa. Y eso lo califican como sensatez.

¡Qué puñetas es la sensatez! Dícese del buen juicio, prudencia y madurez de sus actos. ¿Sí? ¿En base a qué? ¿Quién define el buen juicio, el juicio de qué, de suposición adecuada? Prudencia como estrategia y madurez basada en el mantenimiento de su estatus.

No escucho en esa sensatez nada que alivie a quien no está en la posición del sensato. Porque quien sufre, quien tiene hambre o frío, quien busca un horizonte posible, quien no tiene trabajo no encuentra nada de sensatez en lo que ocurre. Todos nos quieren vender la quimera del empleo. Pero ¿es posible para todos en esta sociedad individualista y egoísta, donde te van diciendo mira solo por ti?

A mi no me engaña esa gente vestida de socialista que desprecia a quien es, piensa y siente de una forma diferente. A quien lucha en todos sus ámbitos personal, social, político con una sola arma: su pasión. Una pasión nacida de abordar cada día problemas, esos que aquéllos sensatos sólo ven en el papel, en las estadísticas, en las estrategias buscando gobernar a nosotros, los bobos pasionales que, además, vamos a creernos que nos van a ayudar. Yo no soy sensata, soy pasional porque me revienta la injusticia.

Socialistas que hablan a las gentes de la vergüenza ocurrida en el partido, para luego declarar la necesaria sensatez.

No. No nos hemos podemizado, porque ellos, al final, también son élites. No. Nos hemos vuelto socialistas de verdad, de corazón, no de imagen, no de chaqueta que se cuelga y se pone. Hablan de debate sensato, pero es mentira. No quieren debatir, sino imponer, hacer fuertes sus posturas, sus opiniones y su malnacida sensatez.

NO. A mí no me hablen de argumentos estratégicos, no me hablen de que van a presionar, háblenme de cómo voy a enfrentar, día a día, el panorama con el que me van a dejar, el panorama de tener que ser yo la que deba limitar mi vida, mis aspiraciones, mis deseos, los de mis hijos por esa sensatez, por esa responsabilidad, por esa gobernabilidad.

Estoy cabreada. Estoy cansada de luchar, de gritar pidiendo la Justicia, igualdad y libertad de la que nos privan los sensatos.

Pero los sensatos siempre tendrán la palabra adecuada, la milonga que les adorna y seducirán a unos cuantos. Pero yo no estoy entre las seducidas. He visto su alma y está llena de gusanos. Y aunque mi razón me diga calma, sigue tu vida, yo no quiero ser sensata, quiero que me invada la pasión. Quiero luchar por lo justo.

lunes, 3 de octubre de 2016

EVOLUCIONAR EN POLÍTICA

No pretendo dar un análisis sobre la situación del Partido Socialista, ni de lo que ha sido, ni si puede o no hacer esto o aquello. De eso ya se encargan muchos supuestamente expertos. Sólo pretendo dar un pequeño punto de vista de filosofía política de principiante, por llamarla de algún modo.

Evolucionar en política significa caminar hacia delante, asumiendo una nueva realidad que se va conformando poco a poco y que no podemos forzar. Hace poco leí una de esas frases que aparecen en los muros de face, decía que si algo tienes que forzarlo es que no es de tu talla. Y creo que es algo así lo que le ha pasado al PSOE: no ha asumido el avance de la realidad, alguien ha intentado forzarlo y se ha roto.

¿Cómo se ha forzado o forjado todo esto? Una parte procede de las líneas rojas, los nacionalismos. Pero los nacionalismos de dos bandos: los españolismos y los independentistas, y los que no son tanto o son, pero no quieren parecerlo o viceversa o todo lo contrario. Ya me entienden ¡Qué más da!

Yo siempre he declarado que no soy localista, ni regionalista, ni nacionalista. Mi bandera y mis símbolos, como dije en el último Comité Regional del Partido Socialista de Navarra, son la Justicia, la Igualdad y la Libertad de las personas. Nada más. Por eso no entendía, ni entiendo esa sensibilidad tan unida a una determinada cultura o una historia muy concreta. Sencillamente, porque la historia continúa, es algo vivo.

Sin embargo, en esa evolución hay que asumir esos sentimientos porque, como hemos podido comprobar los socialistas, el sentimiento existe en política; de hecho hemos rabiado, sufrido y pataleado con los recientes acontecimientos.

Por tanto, aunque no asumamos esas sensibilidades, hay que aceptarlas y darles una horma adecuada, volviendo al símil, una talla donde se sientan cómodas. Pero una talla que no menoscabe, que con ella no se pisen las sensibilidades de los demás. Porque es muy común entre los independentistas, por ejemplo en el País Vasco, señalar los años de represión de la cultura y la lengua. Cierto, hubo represión, para todos. Sin embargo, eso no tiene que conllevar ahora un privilegio para quienes lo sufrieron, sino un tratamiento de igual a igual, ya que de no ser así, se repetiría, caerían en el mismo error que se cometió contra ellos. Pasa en Navarra, donde el cuatripartito, obsesionado con su política euskaldún, olvida los derechos de quienes tienen otras sensibilidades.

Difícilmente podemos trabajar esa nueva horma desde posturas cerradas en el pasado. España ha sido hogar de muchos pueblos, ha sido una y puede ser variada. Sólo hay que buscar la fórmula correcta. El Partido Socialista estaba en ello, el menos creo que una parte. Sin embargo, hay quienes no se dan cuenta o no quieren porque eso significaría más implicación de todas las Comunidades y hay quienes tienen miedo a la evolución.

Estamos todos en el mismo barco y debemos avanzar. La realidad no se resuelve negándola. En las comunidades más independentistas hay quienes no lo son, yo soy una de ellas. Somos los que debemos mantener una mente más abierta, debemos ser más libres de convencionalismos, intentar dialogar y buscar la horma correcta. Quizás no lo logremos. Cabe esa posibilidad, no la niego. Pero la humanidad siempre explora para encontrar una salida.

Todo el mundo evoluciona en sus pensamientos según las circunstancias. Recuerdo, hace años, en los tiempos en que la corrupción saltaba a cada instante, fui muy crítica con el PSOE; tanto que en mi pueblo pensaban que era de derechas; ni se les pasó por la cabeza que votara a Izquierda Unida, como hacía. Curiosidades de la vida. Hace poco voté a José Antonio Pérez Tapias y me encontré después apoyando a Pedro Sánchez. Evolución.

martes, 27 de septiembre de 2016

COBARDES

Si, cobardes les llamo a todos esos barones que se repliegan en sus territorios marcando sus posiciones. Porque ha llegado el momento de la valentía y eso les cuesta. Sí, porque en lo momentos cruciales y complicados un político debe ser valiente, aunque quepa la posibilidad de que pueda equivocarse.

A mi no me vale apelar al socialismo moderado como hacen algunos. Este vale para momentos de calma, en los que las cosas discurren medianamente bien y en las que hay que trabajar para mejorar y avanzar en ese proyecto común que es el bien público. ¿Recuerdan ese término?

Pero ahora no es el momento del socialismo moderado. Es el momento de sacar el verdadero espíritu socialista, aquel que lucha, aquel que no se conforma, el valiente y comprometido. Es el momento de explorar hacia el futuro, explorar una nueva manera de hacer política. Y ésa está en nuestra mano. No en la de otros.

¿Que lo ha votado la mayoría? Son muchos más los que han dicho no. ¿Acaso quieren que me pliegue a cuatro años de Gobierno del PP?

Yo no puedo. No puedo consentir dar mi apoyo a un gobierno que menoscaba a cada paso mi situación, no sólo económica, sino como persona; que vulnera mis derechos, que me oprime hasta la asfixia. Y yo soy una trabajadora de la Administración General del Estado. Si yo estoy así, sé cómo lo estarán pasando los que no trabajan. Lo sé porque lo tengo cerca, demasiado cerca, tanto que me arrastra. Un gobierno que va a llevar a los jóvenes a una situación sin salida con su Ley de Educación. Y eso me lleva a pelear constantemente por lo que creo, por lo que entiendo que es la Justicia, la Igualdad, la libertad.  ¡Qué quieren! ¿Qué haga yo su trabajo, el que debieran hacer ustedes como políticos? ¿Quieren, acaso, que me siente tranquilamente a ver cómo hacen una oposición útil desde sus sillones, que no me va a servir de nada, mientras como un bocadillo imaginario?

No, conmigo no cuenten para apoyar un Gobierno del PP, de ninguna manera, ni con la abstención.

He leído como unos y otros apelan a la unidad de partido. Pero es que el Partido es un instrumento, sólo un instrumento democrático para un fin. Y yo creía que era el bien de los ciudadanos. Entiendo que se pueda discrepar, debatir cuestiones, que se argumente porque nadie tiene la verdad absoluta; todos podemos equivocarnos, yo la primera y quienes gobiernan también, en España y en la Comunidades. Pero es que la humildad parece haber desaparecido como cualidad política. En nuestro partido, en los otros y en los de nuevo cuño.

Quizás me equivoque. Pero yo no puedo, no puedo apoyar a quien me deja sola y me dice “ajo y agua y allí te las compongas con tu suerte y tus problemas”, aunque no me los haya buscado.

Por eso les digo cobardes, por no defenderme a mí y a muchos otros como yo.