Hoy escuchamos posicionarse a muchas personas en relación a la guerra civil o a la presencia de España en América, como si todo el mundo tuviera la verdad de la historia; cual devotos de una religión, unos y otros, se enzarzan en un juicio sumarísimo, a favor o en contra; siempre asocian sus debates con los poderes del momento, sin pararse a pensar, olvidando, premeditadamente o no, a los ciudadanos que vivieron aquella época. No a los gobernantes, sino al pueblo. Se puede decir que del mismo modo que lo hacen hoy, encumbrándose en opiniones que al españolito de a pie le trae al pairo.
Olvidan
a los hombres que se embarcaron en aquellos barcos sin saber a dónde iban, a
lejanas tierras, con sólo el mar de resguardo, lejos, muy lejos de su tierra.
Se introdujeron en mundos desconocidos, con fauna y flora que jamás habían
visto; y, aún así, siguieron. Con el paso de años, algunos de esos ciudadanos
empezaron a hacer su vida allí conviviendo con los indígenas. Pero de esos
ciudadanos valientes nada dicen, de quienes realmente hicieron esas hazañas y
establecieron instituciones educativas y sanitarias, dejando a familias en
España, se cubre un tupido velo.
En la guerra civil también olvidan a aquellos que se vieron envueltos sin tener parte ni beneficio. Hombres y mujeres que no tenían bando, la mayoría, que, quizás, sólo intentaban vivir. Pero en España siempre hay quien quiere ganar el discurso porque siempre tenemos salvadores, por uno y otro bando.
Aquellos
que se vieron envueltos en una guerra de unos contra otros: ideología,
religión, reyes… ¡Qué más da! Mueren siempre los mismos. Mueren, incluso, de
locos por el horror, por el dolor de ver cómo matan a su mejor amigo por ser de
otro bando.
Y
así seguimos en bandos, sin pensar como ciudadanos, alineándonos con quienes
nos empujan a guerrear; porque son ellos los interesados, los que saldrán
ganando las guerras o perdiéndolas, pero nosotros seremos los que paguemos sus
guerras, como antaño, incluso con la vida.
