sábado, 24 de enero de 2026

UN DILEMA DE PRINCIPIOS

Puede ser que haya quienes entiendan que no es un dilema y otros que lo tengan claro. No es mi caso. Mi perro Aníbal Lecter está enfermo porque su próstata interfiere en su intestino. Por ahora se puede intentar actuar, pero me han propuesto castrarlo, sea de una manera o de otra: química o definitiva. 

Yo estoy orgullosa de que mi perro esté entero, que sienta deseos de perra, que su naturaleza de cazador le llama a pillar lo que encuentre en sus paseos, que su territorio se esparza cada vez más (aunque yo me agote); en suma, que sea perro, un perro con dos cojones. 

No tiene raza, ni falta que le hace; es una mezcla, como han sido siempre los perros, y no como ahora que se comercializan en función de estatus. Ahora sólo los de raza exquisita tienen derecho a procrear, una discriminación como otra cualquiera. 

Algunos se plantearán que es mejor que tenga salud ¿Salud? ¿Se llama salud a quitarle lo que más le gusta y lo más natural? ¿Se llama salud a lo que es la esencia de la vida? Más o menos como nos dicen a nosotros en riesgos laborales: come sano, haz mucho ejercicio, no tengas vicios… ¡Vaya mierda de vida que nos queda, se nos va a hacer muy larga trabajando y cuidando! 

Al meollo del asunto. ¿Qué le pasa a mi perro? Simple: tiene hormonas a mansalva y no folla; así de claro. El problema de los perros es que no follan, simple y llanamente, y en lugar de que follen, como han hecho toda la “p…” vida, nos proponemos cambiar la naturaleza animal por el maldito control humano ¿Por qué? Porque ahora viven tanto y tan bien que hay más perros que niños; transmitimos a los perros nuestras leyes y yo no sé si estoy dispuesta. También son unos vendidos, los puñeteros. 

Al final yo me pregunto: qué querría él. Y yo me digo ¿y si le compro un desfogador de perros?

domingo, 11 de enero de 2026

TESTAMENTO VITAL ILEGAL

 Este es el testamento vital de la que suscribe este blog. Si lo escribo es porque he consultado y los términos de mi testamento no son aceptados, no son legales, no son comprensibles, ni entendidos.

Quizás muchos no entiendan las razones de mi testamento, incluso puedan llamarme nazi, fascista o cualquier otro termino al uso. La verdad es que no me importa, teniendo en cuenta que nadie ha escuchado ni ayudado, ni ha querido debatir, ni ha querido hacer nada.

Por eso, yo, en plenas facultades mentales, las físicas están jodidas, pero hay que seguir peleando, señalo que: si mi mente llega a un estado en el que no recuerdo a mis hijos, ni sus descendientes, en el caso de que los hubiese, si no recuerdo nada de mi vida, si no sé tener una sola frase congruente, quiero que se me aplique la eutanasia sedada.


La argumentación es muy sencilla: no quiero ser una carga, no quiero que decidan por mí, no he nacido para eso. He estado la mitad de mi vida cuidando dependientes con trastornos mentales y no puedo permitir que el legado de Sísifo pase a mis hijos. No, conmigo se corta la maldición familiar. Hay que saber decir adiós y no obligar a nadie.

Puedo decir que he tenido que decidir la vida de otras personas, decidir qué se hace, qué medicación se pone o se quita, dónde llevar a las personas; he tenido que desahuciar porque así lo impone la Ley de dependencia; he tenido que decidir cosas que pesan como una losa en mi cabeza y en mi corazón. Todas ellas han sido propiciadas porque he sido tutora de dos de forma judicial y uno más por propia voluntad (no dejo a nadie atrás). No se lo deseo a nadie, porque pesa, porque duele, porque no sabes si haces bien o mal, son decisiones que tienes que tomar y nunca sabes si estás acertando o no. Pero lo haces desde la humanidad, desde el sentimiento.

He podido escuchar a los medios y a los políticos con sus consignas “hay que cuidar al cuidador”. Pero lo hacen sin humanidad alguna, sin experiencia alguna. Se refieren al cuidador que ellos entienden como tal. Aquel que no convive, trabaja y se desvive, ése, ese espécimen no es cuidador y no se merece tal nombre. A ese que se pudra, que no tenga donde apoyarse, que reviente, que se joda y que se muera, si es preciso. Sí, eso es lo que hacen con él las instituciones (políticas) y los medios de comunicación, silenciando o, peor aún, llenando sus horas de testimonios de gente emocionada hablando de los cuidados a sus familiares, duros, pero agradables.

¡Y una leche! Yo no puedo soportar ver a mi madre sin enterarse de nada, sin sentimiento alguno. Imaginarme como un trozo de carne sin recuerdos, sin saber quién soy, de dónde vengo, qué puedo hacer, sin saber hablar una palabra congruente, eso sí, sonreír sí ¿Qué hago con tu sonrisa, si yo me estoy muriendo mientras te cuidan? Recuerdo a mi tío; se quedó paralizado en una cama, sólo podía ahondar en sus ojos y se veía el dolor. Luego tuve que verle, como tutora y única cuidadora, agonizar durante 15 días. Como trabajadora, por supuesto, no tuve ni un solo día para atenderle; la administración, esa maravillosa empresa sin corazón. Pero allí estaba yo, junto a mi tío, atendiendo a mi madre, a mis hijos; pero no, no soy cuidadora y no lo he sido nunca, para estos Gobiernos no lo he sido.

Ellos, los políticos, que dicen cuidar a tanta gente, a tantos ciudadanos por los que se desviven, supongo, entienden que si trabajo no puedo estar encima y ser cuidadora de gente sin estar conviviendo. Porque, ellos que definen la burocracia, saben que los muchos vericuetos, papeles, instancias y doble burocracia que deben abordar los cuidadores; por eso saben que si no convives, no puedes serlo. Así que yo, por ende, no lo era. Malditos seáis vosotros y vuestra memoria.

Con mi tío tuve que decidir quitarle la medicación, darle morfina y esperar su muerte día tras día. Había visto en la residencia sus ojos pidiendo clemencia, pero nada podía hacer. Luego durante 15 días tuve que presenciar su agonía, cuando el trabajo me lo permitía. Y cuando murió ver a la gente señalarme como si te hubieses beneficiado de algo: malditos, de nuevo, me costó bien caro emocional y económicamente. Todavía recuerdo cuando, sola, tuve que hacerme cargo de sus cenizas y pensar qué hubiese querido él.

Decidir por otras personas, el futuro de ellas, no es tan sencillo. Duele, duele mucho, te marca. Decides la vida, lo que va a ser de ellos y van tres. Bastante tengo con decidir mi vida para decidir la de los demás. Pero ellos, salen en los medios dando limosnas y haciendo como si les importásemos “hay que cuidar al cuidador” Y quién es ese cuidador, malditos: ¿El que ustedes decidan o el que realmente lo hace?

Por eso, yo nunca he sido cuidadora; tutora sí, pero cuidadora no. Eso no, por supuesto; ellos definen y señalan lo que haces, porque tú no sabes lo que haces.

Estas son mis razones para no querer vivir incordiando, para que mis descendientes no decidan por mí, porque decidirán olvidarse de ellos en lugar de pensar en ellos. Por eso quiero pensar por ellos, que yo ya he vivido lo que tenía que vivir, ya me he desvivido bastante. Hay que saber decir adiós, hay que saber dejar vivir a los demás.

Ahora bien, al mismo tiempo hay que saber decir a esos políticos infames, inhumanos, malintencionados, ganapanes y demás adjetivos que se les puede echar a la cara, y quiero y deseo echarles a la cara que ojalá se pudran sus huesos en el infierno.

 Dicho esto, señor juez, deseo que cuando no tenga cabeza, ni mente, ni sentimientos, me hagan la eutanasia.

Gracias y un saludo desde la muerte.

Marta