domingo, 21 de diciembre de 2025

LA HISTORIA QUE NO QUEREMOS CONTAR

Este año el Gobierno ha celebrado los 50 años del inicio del proceso hacia la democracia. Admito que no soy historiadora, sólo lectora, por eso me pregunto si realmente empezó cuando dicen.

Porque hemos olvidado, o hay quienes quieren olvidar, todo nuestra historia y sobre todo, nuestro siglo XIX. Ese siglo en el que los españoles nos matamos unos a otros continuamente por reyes, con las guerras carlistas, o más, si cabe, por camarillas políticas. Ese siglo en el que, curiosamente, muchos de los progresistas y democráticos eran militares, como Espartero, O’Donnell o Prim. Militares que, debido a su ordenamiento, ante una administración ineficaz, tenían que salir a base de pronunciamientos a intentar poner algo de cordura. Todo ello parece quedar velado, olvidado como si nuestro pasado se forjase en la guerra civil española que no fue más que el colofón de tantos desatinos.

Pienso que el XIX terminó en 1936, en ese proceso en el que algo tremendo tiene que ocurrir para que todo cambie.

Deberíamos echar la mirada atrás, no renegar de nuestra historia y analizarla más a menudo, escudriñando todas esas cosas que hemos dejado como un pasado del que renegamos y en ese pasado también están ancestros nuestros.

El XIX es el siglo que dio paso al XX; el siglo en el que nuestro país vio cómo todo se iba a pique, cómo no sabíamos hacia dónde ir, aprisionados en costumbres religión, tradición y tantas otras cosas que heredamos y que arrastramos; sin olvidar las corrientes de pensamiento europeas que llegaban distorsionadas a los españoles de aquella época. Todo ello nos condujo a que se diese un vuelco trágico para volver a empezar.

Reclamo el XIX para comprender el XX. Veníamos de ser un imperio, pero los imperios mueren, poco a poco. A nivel individual también morimos, pues empezó a llegar una burguesía que quería florecer. De ese XIX en el que las personas se apoyaban unas a otras sin necesidad de intermediarios. Hay un enorme trecho entre esa sociedad y la actual como para que juzguemos. Y eso me hace tener la sensación de que caminamos hacia el ocaso de la sociedad occidental. No lo veré, pero lo intuyo.

Deberíamos o deberían quienes más saben de historia analizar la intrahistoria porque ver cómo se comportan los ciudadanos unos con otros, en el metro discutiendo por un asiento, increpándose violentamente, dándose codazos, es algo que te anima a pensar que ya no somos sociedad, que estamos condenados.

Pero ya no hay remedio. Los imperios mueren y si no es en este siglo, occidente morirá en el siguiente y todo por su idiotez y su falta de interés, su buenismo y su sensación de culpabilidad. Mueren los imperios como mueren los imperios individuales.

domingo, 7 de diciembre de 2025

QUEDA SUSPENDIDA LA OPOSICIÓN

Esta frase de Pérez Galdós en su episodio “La revolución de julio” define el ambiente actual de lo que antaño se llamaba España, pues ya dudo que exista. Se habla de un ambiente de crispación política; cierto, no lo dudo, pero lo que, realmente, hemos perdido es el espíritu que movió la historia de España; los políticos han robado la voz ciudadana que es la verdadera oposición o, desde mi entender, debiera serlo. 

Recientemente, hemos vivido movilizaciones ciudadanas, pero en el fondo estaban alentadas, movidas desde los partidos políticos, mientras quienes gobiernan buscan los culpables entre parte de la sociedad para ser depositarios de su ineficacia; por su parte, la oposición ha dejado de existir, porque la calle es del Gobierno.
Mientras, algunos hablan de reventar a la derecha, lo que supondría que no hubiera oposición y por tanto estamos llegando a un nivel de inconsciencia apabullante. Más, si cabe, cuando una vicepresidenta llama a la ciudadanía a manifestarse contra la oposición, lo nunca visto en una democracia, para echarse a reír. Hemos olvidado que los políticos, sobre todo los que gobiernan, son los que establecen las políticas y los responsables de que las mismas funcionen o no. 

Sin embargo, nos hemos habituado a que los mismos culpabilicen a sectores ciudadanos, sean los que sean, sean ricos, empresarios, propietarios o a la oposición. La cuestión es no responsabilizarse de los resultados. La cancelación de la oposición lleva a una situación esperpéntica porque, cancelada la oposición política, no hay voces disidentes entre los ciudadanos que se puedan tener en cuenta, ya que hay otra arma: el negacionismo. 

Cancelados unos y acusados otros de negar la mayor, el campo es libre para hacer lo que a uno le venga en gana y poder señalar: sólo yo sé lo que te conviene, sólo yo sé lo que hay que hacer; solo yo soy el pueblo.