Este año el Gobierno ha celebrado los 50 años del inicio del proceso hacia la democracia. Admito que no soy historiadora, sólo lectora, por eso me pregunto si realmente empezó cuando dicen.
Porque hemos olvidado, o hay quienes quieren olvidar, todo nuestra historia y sobre todo, nuestro siglo XIX. Ese siglo en el que los españoles nos matamos unos a otros continuamente por reyes, con las guerras carlistas, o más, si cabe, por camarillas políticas. Ese siglo en el que, curiosamente, muchos de los progresistas y democráticos eran militares, como Espartero, O’Donnell o Prim. Militares que, debido a su ordenamiento, ante una administración ineficaz, tenían que salir a base de pronunciamientos a intentar poner algo de cordura. Todo ello parece quedar velado, olvidado como si nuestro pasado se forjase en la guerra civil española que no fue más que el colofón de tantos desatinos.
Pienso que el XIX terminó en 1936, en ese proceso en el que
algo tremendo tiene que ocurrir para que todo cambie.
Deberíamos echar la mirada atrás, no renegar de nuestra
historia y analizarla más a menudo, escudriñando todas esas cosas que hemos
dejado como un pasado del que renegamos y en ese pasado también están ancestros
nuestros.
El XIX es el siglo que dio paso al XX; el siglo en el que
nuestro país vio cómo todo se iba a pique, cómo no sabíamos hacia dónde ir,
aprisionados en costumbres religión, tradición y tantas otras cosas que
heredamos y que arrastramos; sin olvidar las corrientes de pensamiento europeas
que llegaban distorsionadas a los españoles de aquella época. Todo ello nos
condujo a que se diese un vuelco trágico para volver a empezar.
Reclamo el XIX para comprender el XX. Veníamos de ser un
imperio, pero los imperios mueren, poco a poco. A nivel individual también
morimos, pues empezó a llegar una burguesía que quería florecer. De ese XIX en
el que las personas se apoyaban unas a otras sin necesidad de intermediarios. Hay
un enorme trecho entre esa sociedad y la actual como para que juzguemos. Y eso me
hace tener la sensación de que caminamos hacia el ocaso de la sociedad
occidental. No lo veré, pero lo intuyo.
Deberíamos o deberían quienes más saben de historia analizar
la intrahistoria porque ver cómo se comportan los ciudadanos unos con otros, en
el metro discutiendo por un asiento, increpándose violentamente, dándose
codazos, es algo que te anima a pensar que ya no somos sociedad, que estamos
condenados.
Pero ya no hay remedio. Los imperios mueren y si no es en
este siglo, occidente morirá en el siguiente y todo por su idiotez y su falta
de interés, su buenismo y su sensación de culpabilidad. Mueren los imperios
como mueren los imperios individuales.

